El cierre de un año no es solo un ejercicio de balance. También es una oportunidad para detenerse, tomar perspectiva y evaluar si las decisiones tecnológicas que se han tomado realmente están preparando a la organización para lo que viene.
2025 dejó aprendizajes claros: la tecnología avanzó, los riesgos se hicieron más visibles y la presión por operar mejor, más rápido y de forma más segura aumentó. De cara a 2026, más que hablar de nuevas herramientas, vale la pena hacerse las preguntas correctas.
Estas cinco preguntas no buscan respuestas inmediatas, sino generar conversaciones estratégicas dentro de las organizaciones.
1. ¿Nuestra infraestructura está realmente preparada para lo que queremos automatizar e integrar?
Durante 2025 muchas organizaciones hablaron de automatización, inteligencia artificial y eficiencia operativa. Sin embargo, no todas revisaron si su infraestructura estaba lista para soportar ese nivel de exigencia.
Modernizar no es solo actualizar tecnología, sino asegurar que los sistemas, los datos y los procesos puedan escalar sin fricción. Entrar a 2026 con bases débiles suele traducirse en sobrecostos, reprocesos y frustración operativa.
La pregunta clave no es qué tan avanzada es la tecnología, sino qué tan preparada está la base que la sostiene.
2. ¿Estamos usando la tecnología para resolver problemas reales del negocio o solo para reaccionar?
Cerrar 2025 invita a revisar si las inversiones realizadas:
- respondieron a objetivos claros,
- mejoraron la experiencia de usuarios y clientes,
- o simplemente apagaron incendios.
De cara a 2026, el reto será pasar de la reacción a la intención, usando la tecnología como una herramienta estratégica y no solo como un mecanismo de contingencia.
3. ¿Tenemos visibilidad real de nuestra operación o seguimos tomando decisiones a ciegas?
Uno de los grandes aprendizajes del año fue que sin visibilidad no hay control, y sin control no hay estrategia.
Muchas organizaciones cuentan con múltiples herramientas, pero pocas tienen una visión integrada de lo que realmente ocurre en su operación.
Cerrar el año implica preguntarse:
- ¿sabemos dónde están nuestros activos?
- ¿tenemos métricas confiables?
- ¿entendemos los impactos reales de cada decisión tecnológica?
Entrar a 2026 con información fragmentada limita cualquier intento de mejora sostenida.
4. ¿Qué tan preparados estamos para responder a un incidente de ciberseguridad?
2025 dejó claro que la ciberseguridad no es un escenario hipotético. Los incidentes existen y seguirán ocurriendo. La diferencia está en la capacidad de respuesta.
No se trata solo de prevenir, sino de saber:
- quién decide,
- cómo se contiene el impacto,
- qué se comunica y cuándo,
- y cómo se recupera la operación.
Cerrar el año sin un plan claro de respuesta es empezar 2026 asumiendo riesgos innecesarios.
5. ¿Estamos construyendo capacidades internas o dependiendo completamente de terceros?
La sostenibilidad tecnológica también pasa por las personas.
Las organizaciones que cerraron 2025 fortaleciendo procesos, conocimiento y cultura interna están mejor posicionadas para enfrentar los retos que vienen.
Esto no significa hacerlo todo internamente, sino entender qué capacidades son críticas, cómo se gobiernan y cómo se articulan con aliados estratégicos.
Entrar a 2026 sin esta claridad suele traducirse en dependencia, pérdida de control y dificultad para evolucionar.
Un cierre y un comienzo
Cerrar 2025 no es marcar un punto final, sino preparar el terreno para un nuevo ciclo.
Estas preguntas no buscan generar alarma, sino criterio. Porque la tecnología seguirá avanzando, pero la diferencia la marcará la forma en que cada organización decide usarla.
Comenzar 2026 con una mirada honesta, estratégica y estructurada puede ser el primer paso para pasar de la operación reactiva a una evolución consciente y sostenible.
Autor:
Redacción Colsof.



